Bajamos de ver el castillo y vimos que también había un dolmen en las inmediaciones, por lo que nos dispusimos a ir a verlo. Nos encontramos con este monumento megalítico de más de 5.000 años de antigüedad que lo vimos bien conservado, aunque la cubierta está desaparecida y tampoco hay rastro del túnel. Aún así nos pareció que tiene una belleza primitiva, una obra de arte e ingenio de nuestros antepasados que sin medios, con tan sólo la colaboración tribal eran capaces de hacer estas maravillas.

El Dolmen de Magacela está situado en una pequeña elevación próxima a la carretera EX-348, en una zona abierta desde la que se domina el paisaje de dehesas y sierras bajas del Serena. Como ocurre con muchos monumentos megalíticos se eligió un lugar con visibilidad amplia, ya que no solo cumplía una función funeraria, sino también simbólica y territorial. Es un monumento expuesto, casi desafiante, integrado en un entorno que hoy sigue siendo rural. Se trata de un sepulcro megalítico construido con grandes ortostatos de granito colocados en círculo formando una cámara funeraria. Actualmente se conservan una docena de grandes piedras verticales que delimitan un espacio de unos cinco metros de diámetro. Por comparación con otros dólmenes de la región, se considera que pudo ser un sepulcro de corredor, aunque hoy lo que vemos es básicamente la cámara. Algunos de los ortostatos presentan grabados esquemáticos, con cazoletas y motivos lineales, que apuntan a un componente simbólico más complejo que el simple enterramiento colectivo.

Su cronología se sitúa generalmente en el Calcolítico, como decía, hace unos 5.000 años. La datación se hizo a partir del contexto regional de otros dólmenes en los que sí se encontraron elementos funerarios. Esto es importante señalarlo, ya que muchas veces se habla de estos monumentos como si supiéramos con precisión quién los construyó y cómo los usaban, pero en realidad gran parte de lo que se afirma procede de comparaciones arqueológicas y de hipótesis razonadas, no de textos ni testimonios directos. El dolmen ha sufrido el desgaste lógico de más de cuatro mil años a la intemperie. La pérdida de la cubierta y del túmulo se debe probablemente a expolios antiguos, reutilización de materiales y erosión natural. Durante siglos estos lugares fueron vistos como simples acumulaciones de piedras útiles para la construcción o la delimitación de fincas. Solo a partir del desarrollo de la arqueología científica comenzaron a valorarse como patrimonio prehistórico.

Hoy el Dolmen de Magacela está consolidado y señalizado, aunque su estado es el de una estructura incompleta, lo que impresiona no es la monumentalidad intacta, sino la sensación de estar ante un monumento que deja imaginar el volumen original. Magacela y su entorno concentran un número significativo de restos prehistóricos, incluidas pinturas rupestres en abrigos cercanos, lo que indica que la zona estuvo habitada y explotada durante milenios. El dolmen es un elemento que forma parte de un paisaje arqueológico más amplio. Además, su posición dominante frente al caserío actual establece una continuidad visual interesante entre la comunidad prehistórica y la medieval, representada por el castillo en lo alto del cerro. Esa superposición de tiempos es uno de los aspectos más atractivos del lugar: en pocos kilómetros conviven la Prehistoria, la Edad Media y la vida rural contemporánea.

El Dolmen de Magacela no es el más espectacular de Extremadura en términos de tamaño y conservación completa, pero sí es un ejemplo claro de la prehistoria del suroeste peninsular. Su interés radica tanto en lo que conserva como en que sugiere una comunidad capaz de organizar trabajos colectivos, de manipular grandes bloques de piedra y de construir espacios destinados a la memoria de sus muertos, ofreciendo una lectura honesta del pasado.
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