Son los restos de un palacio señorial del siglo XVI, construido sobre una alcazaba musulmana del siglo XIII. La verdad es que es un poco decepcionante como han dejado que este palacio que en su día debió de ser una verdadera joya, ha quedado abandonado a su suerte y que encima, lo poco que queda siga sin tener alguna actuacion de las autoridades incompetentes para que al menos no se siga deteriorando.

Lo mejor que tiene son las vistas y que al menos el acceso es facilitado por la construcción de una escalera. El Castillo de Santa Ana se alza sobre un cerro que domina la ciudad de Oliva, y aunque hoy lo que queda son restos, su posición deja claro por qué se construyó ahí, control visual del territorio, del litoral cercano y de las rutas que conectaban el interior con la costa. La historia del lugar es más larga que el propio castillo, porque el cerro ya tenía ocupación anterior, probablemente desde época islámica, cuando la zona formaba parte de al-Ándalus. El castillo como tal se desarrolla en la Edad Media, en torno a los siglos XIII y XIV, en un momento en que esta franja del levante era un espacio de frontera cambiante entre poderes cristianos e islámicos. Tras la conquista cristiana de la zona en el siglo XIII, vinculada a la expansión de la Reconquista bajo la Corona de Aragón, el enclave pasó a manos cristianas.

En este contexto aparece la figura de Jaime I, quien incorporó estas tierras a sus dominios. Después, la propiedad del castillo y de Oliva pasó por diferentes manos nobiliarias, siendo especialmente relevante la familia de los Centelles, que tuvo un papel clave en el desarrollo de la localidad. Desde el punto de vista arquitectónico, el castillo responde al modelo típico de fortaleza medieval adaptada al terreno. No es un castillo monumental al estilo de grandes alcázares, sino más bien una estructura funcional, con murallas que se adaptaban al perfil del cerro, torres de vigilancia y espacios interiores destinados tanto a la defensa como a la residencia temporal. Hoy en día, lo que se conserva son algunos restos de estructuras que permiten intuir su trazado original, pero no hay grandes elementos en pie que den una imagen completa del conjunto.

El castillo tuvo importancia defensiva durante siglos, pero como ocurrió con muchas fortificaciones medievales, fue perdiendo relevancia a medida que cambiaban las formas de guerra y se estabilizaba el territorio. Con el tiempo, quedó abandonado y entró en un proceso de deterioro progresivo. Desde el cerro se entiende perfectamente cómo se organizaba el espacio, con la fortaleza arriba, como punto de control, y el núcleo habitado extendiéndose a sus pies. Además, el nombre de Santa Ana se asocia a una ermita posterior que ocupó parte del recinto, lo que refleja cómo muchos castillos acabaron teniendo usos religiosos una vez perdieron su función militar. En cuanto a su estado actual, se encuentra en ruinas, pero es accesible y se ha intentado poner en valor como punto histórico y mirador.

Es un espacio donde el visitante tiene que reconstruir mentalmente lo que fue, apoyándose en el terreno, en los restos visibles y en el contexto histórico. Esa falta de reconstrucción también tiene su interés, porque evita una visión artificial y permite ver el paso del tiempo de forma más directa. En conjunto, el Castillo de Santa Ana es un ejemplo claro de fortificación de frontera que evolucionó con el territorio, pasó de manos islámicas a cristianas, fue adaptándose a nuevas necesidades y terminó perdiendo su función hasta quedar como vestigio histórico.
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