Es uno de esos palacios que te dejan casi sin aliento. El Duque de Montpensier casado con la hermana de Isabel II, quiso vivir en la mismísima Alhambra de Granada, pero con buen tino, la reina se opuso a tal barbarie del francés Antonio de Orleans, hijo del rey Luís Felipe I de Francia. Ante la negativa, decidió "hacerse" una Alhambra de Sanlúcar de Barremeda, como palacio veraniego.
El Palacio de Orleans-Borbón es uno de esos edificios que resumen bastante bien la mezcla de grandeza, decadencia y personalidad histórica que tiene Sanlúcar de Barrameda. Se encuentra en la parte alta de la ciudad, entre la cuesta de Belén y la calle Caballeros, dominando una zona desde la que antiguamente se veía buena parte del estuario del Guadalquivir. Hoy sigue siendo uno de los edificios más reconocibles de Sanlúcar y además funciona como sede del Ayuntamiento, aunque el conjunto arrastra desde hace años problemas de conservación y varias partes necesitan restauraciones importantes. El palacio comenzó a levantarse a mediados del siglo XIX como residencia de verano de los duques. La pareja había terminado instalada en Andalucía tras la caída de la monarquía francesa de 1848 y acabó convirtiéndose en una de las familias más poderosas y polémicas de la España de la época.
Sanlúcar les fascinó por el clima, la cercanía del mar y la tranquilidad comparada con Sevilla. Primero veraneaban en casas alquiladas y después decidieron crear un gran palacio propio que sirviera casi como una pequeña corte privada. Una de las cosas más curiosas del edificio es que no se construyó de cero como un bloque uniforme. El palacio fue absorbiendo casas, bodegas, huertas, edificios religiosos y construcciones anteriores que existían en la zona. Por eso tiene una estructura algo laberíntica y menos simétrica de lo habitual en una residencia aristocrática. El resultado es bastante peculiar porque mezcla influencias neomudéjares, italianas, francesas y orientales. Hay salas inspiradas en Egipto, decoración chinesca, detalles rococó y elementos que recuerdan a la Alhambra que utilizaron como referente.
Todo eso encajaba perfectamente con el gusto orientalista del siglo XIX y con las obsesiones personales del duque de Montpensier, que había viajado por el Mediterráneo oriental y quedó fascinado por lugares como Argelia, Turquía o Egipto. Los jardines también tuvieron bastante importancia dentro del conjunto. Fueron diseñados con un aire romántico de jardín inglés por el francés Lecolant, el mismo que trabajó en los jardines del Palacio de San Telmo de Sevilla. Los duques incluso compraron la finca conocida como El Botánico para garantizar el agua necesaria para el riego. En aquella época aquello debía parecer casi un oasis dentro de la ciudad, lleno de especies vegetales exóticas y caminos que conectaban el Barrio Alto y el Barrio Bajo de Sanlúcar.
El palacio estuvo habitado por la familia Orleans-Borbón hasta mediados del siglo XX. Después llegó una etapa bastante oscura. El edificio acabó vendido y existió incluso la intención de derribarlo, algo que hoy parecería una barbaridad viendo el valor histórico y artístico que tiene. Finalmente el Ayuntamiento comenzó el proceso para adquirirlo y recuperarlo a finales de los años setenta. Gracias a eso se salvó, aunque las restauraciones nunca han terminado de solucionar todos los problemas estructurales y de mantenimiento. De hecho, en años recientes varias asociaciones patrimoniales han denunciado el deterioro de algunas zonas del edificio y su inclusión en listas de patrimonio en peligro provocó bastante debate en Sanlúcar.
Hay además un detalle histórico bastante llamativo alrededor de los Montpensier. Antonio de Orleans no era precisamente una figura discreta. Durante años fue visto como un posible aspirante al trono español y estuvo metido en conspiraciones políticas, rivalidades cortesanas y enfrentamientos con otros sectores de la monarquía. El palacio de Sanlúcar era en parte un símbolo de ese poder y de esa ambición. No era simplemente una casa de verano elegante. Era casi una demostración pública de influencia, riqueza y sofisticación cultural en plena Andalucía del XIX.
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