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viernes, 15 de mayo de 2026

Palacio Da Pena en Sintra (Portugal) ⭐⭐⭐⭐⭐

    Un palacio que seguro que te dejará con la boca abierta. Le pongo las cinco estrellas a pesar de que no habia visitas guiadas cuando estuvimos al menos, allá por 2021. Está justo enfrente del Castelo Dos Mouros, pero al menos cuando estuvimos, no hay comunicación directa entre los dos munuemtos. Por lo que hay que bajar y volver a subir. 







    Lo que menos me gustó de los recintos es que todo el tráfico por la zona está cortado y que no hay aparcamientos, supongo que para favorecer el negocio de los Tuctucs a los que hay que regatear el precio. Ademas es que ¡son una plaga! Entramos en materia. El Palacio da Pena está situado en una de las zonas más elevadas de la sierra, sobre una colina rodeada de bosques húmedos y niebla frecuente, algo que le da ese aspecto casi irreal que aparece en muchas fotografías. Desde lejos parece un castillo sacado de un cuento romántico del siglo XIX, con torres de colores vivos, murallas, cúpulas y mezclas arquitectónicas difíciles de clasificar. Sintra ya era un lugar apreciado por la nobleza portuguesa desde siglos antes debido a su clima más fresco y a la abundancia de vegetación, pero el Palacio da Pena terminó convirtiéndose en el símbolo más reconocible de toda la región. 







     En la Edad Media existía allí una pequeña ermita dedicada a Nuestra Señora da Pena y más tarde se construyó un monasterio jerónimo durante el reinado de Manuel I. Aquel monasterio quedó muy dañado por el terremoto de Lisboa de 1755 y acabó prácticamente abandonado. La gran transformación llegó en el siglo XIX cuando Fernando II de Portugal, un príncipe alemán de la casa de Sajonia-Coburgo-Gotha que se convirtió en rey consorte portugués al casarse con María II, decidió adquirir las ruinas y construir una residencia de verano. Fernando II era un hombre muy interesado por el arte, la arquitectura y el romanticismo, así que impulsó un proyecto completamente alejado de los palacios clásicos tradicionales. El resultado fue una construcción excéntrica y muy personal donde se mezclan elementos neogóticos, neomanuelinos, neorrenacentistas, islámicos y medievales sin demasiado miedo al exceso.







    Una de las cosas más llamativas del Palacio da Pena es precisamente esa mezcla de estilos que en otro edificio podría parecer caótica, pero aquí funciona de manera sorprendente. Hay ventanas inspiradas en el estilo manuelino portugués, patios de aire árabe, almenas medievales, referencias centroeuropeas y detalles decorativos que parecen diseñados más para impresionar que para mantener una coherencia arquitectónica estricta. Los colores actuales también llaman mucho la atención, especialmente el amarillo intenso y el rojo de algunas zonas exteriores. Mucha gente piensa que esos colores son una exageración turística reciente, aunque en realidad el palacio ya era así de llamativo en tiempos de Fernando II. 







    El interior conserva numerosas salas históricas decoradas tal y como estaban en los últimos años de la monarquía portuguesa. Hay comedores, habitaciones privadas, cocinas y salones con abundante decoración romántica y orientalizante. El palacio siguió siendo utilizado por la familia real hasta la proclamación de la república portuguesa en 1910. De hecho, la reina Amélia pasó allí su última noche en Portugal antes de abandonar el país tras la revolución republicana. Poco después el edificio fue convertido en museo estatal y pasó a formar parte del patrimonio histórico portugués. El entorno natural es casi tan importante como el propio edificio. Fernando II no solo quiso levantar un palacio espectacular, también diseñó un enorme parque romántico alrededor de la colina. Se plantaron especies traídas de distintos lugares del mundo, incluyendo secuoyas norteamericanas, helechos australianos y árboles exóticos poco habituales en Portugal. 







    El parque tiene caminos serpenteantes, pequeños lagos, miradores y rincones pensados para pasear sin rumbo concreto, siguiendo la idea romántica de fundir arquitectura y naturaleza en un mismo escenario. En días despejados pueden verse desde allí amplias zonas del litoral atlántico e incluso Lisboa a lo lejos. Entre las curiosidades más conocidas está la figura del Tritón situada sobre uno de los accesos del palacio. Se trata de una criatura mitad hombre y mitad pez que parece surgir de una mezcla de árbol y roca. La escultura simboliza, según muchas interpretaciones, la unión entre el mundo terrestre y el marino, aunque también refleja el gusto romántico por lo fantástico y lo misterioso. Otra curiosidad es que el palacio fue uno de los primeros ejemplos claros de arquitectura romántica en Europa y anticipó un tipo de construcción historicista que después se haría muy popular en otros países. 







    Compararlo con castillos alemanes como el Castillo de Neuschwanstein es bastante habitual, aunque el Palacio da Pena es anterior. Actualmente el estado de conservación es bueno, aunque en 2021 ya le hacía falta una manita de pintura, y recibe una enorme cantidad de visitantes cada año, hasta el punto de que el turismo masivo se ha convertido en uno de los principales problemas de Sintra. Las colas para entrar suelen ser largas. Aun así, el edificio sigue siendo uno de los lugares más impresionantes de Portugal por esa mezcla de paisaje atlántico, romanticismo del siglo XIX y apariencia casi fantástica que cambia muchísimo según el clima. Hay días soleados en los que parece un decorado extravagante y otros con niebla en los que adquiere un aspecto mucho más misterioso y melancólico. 


    


























































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